CIMBRA
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CIMBRA: “Armazón que sostiene el peso de un arco o de otra construcción, destinada a salvar un vano.” (DRAE) Nos está tocando vivir una época de crisis económica global como, según los expertos, no se recordaba desde la Gran Depresión que empezó en 1929. Queda para esos expertos explicarnos qué es exactamente lo que nos ha pasado y por qué (aunque no conviene tener demasiadas expectativas; al fin y al cabo, todavía no hay un acuerdo ni sobre lo que pasó en 1929 ni siquiera sobre cómo se superó aquello) Sea lo que sea, es evidente que, como corresponde a una crisis de esta dimensión, nos hemos visto sumidos en una época de gran incertidumbre y, por tanto, de gran temor. Lo que era inconcebible en 2007, o incluso en la primera mitad de 2008, pasó a percibirse como posible y, a veces, como probable: empezamos a dudar de los bancos, de los gobiernos (de los gobiernos en su conjunto quiero decir; desconfiar de gobiernos particulares no tiene nada de inconcebible), de los Estados, del propio sistema de economía de mercado. A día de hoy, la prensa reproduce opiniones de todo tipo de gurús que pronostican cualquier tipo de cataclismo económico y político e incluso el descenso mundial a la anarquía y la aparición de un nuevo orden cósmico. Quién sabe. La historia nos confirma que, efectivamente, después de 1929 cayeron bancos, gobiernos, Estados y se produjeron cataclismos. Pero conviene ahora traer a colación el proverbio chino que cita Toffler: Profetizar es difícil, sobre todo respecto al futuro. La cuestión ahora es si nos dejamos arrastrar por el miedo, el “terror anónimo, irracional, injustificado que paraliza los esfuerzos necesarios para convertir la retirada en avance”, del que hablaba Roosevelt en su muy citado discurso inaugural (“De lo único que debemos tener miedo es del miedo mismo”) Los que vivimos en el mundo de la empresa privada, no olvidamos que el riesgo es nuestro medio natural. El temor es humano, y es lo que nos hace ser prudentes. Pero si nos domina nos paraliza, y la parálisis mata. Hay por tanto que seguir adelante, como mejor sepamos y podamos, con el orgullo de saber que sólo desde la iniciativa privada, nunca bien comprendida ni reconocida, se superará esta crisis, como se han superado todas las anteriores y se superarán todas las futuras. Con esa convicción, en CIMBRA hemos decidido iniciar nuestra actividad como firma de auditoría. Con la que está cayendo. Se ha convertido en habitual en nuestro sector el definirnos como firmas de “servicios profesionales”. Efectivamente, por una evolución natural del negocio, las firmas de auditoría prestamos más servicios que los de auditoría, estrictamente hablando. Siendo esto cierto, en CIMBRA hacemos una declaración de principios: somos auditores. Como auditores, nuestra profesión es la confianza. Queremos que nuestros clientes puedan sentir y transmitir confianza sobre sus negocios, o sobre los “números” de sus negocios, que no es poco. Esa es nuestra razón de ser; nuestra misión, como se dice ahora. Con todas nuestras limitaciones, que las tenemos y muchas, es en momentos de incertidumbre como los actuales cuando nuestra profesión tiene que revelar su verdadero valor. Hay peores maneras de terminar lo que, al fin y al cabo, es una declaración de principios, que citar a Gracián: “Tiene lo bueno muchos contrarios, porque es raro, y los males muchos; para lo malo todo ayuda. El camino de la verdad y del acierto es único y dificultoso; para la perdición hay muchos médicos y pocos remedios. Contra lo conveniente todas las cosas se conjuran, las circunstancias se despintan, la ocasión pasando, el tiempo huyendo, el lugar faltando, la sazón mintiendo y todo desayudando; pero la inteligencia y la diligencia todo lo vencen”. A trabajar, pues.
Rafael Landín González-Posada Socio Director
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